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¿Por qué un edén del vino latinoamericano está al borde de la extinción?

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Algunos viticultores abandonaron la industria y se pasaron a la ganadería, las pasturas u otro rubro más lucrativo.
¿Por qué un edén del vino latinoamericano está al borde de la extinción?

Este año durante la vendimia en la provincia argentina de Mendoza, los productores entregaron su cosecha de uva sin precio definido ni garantías de cobro.

Con un escenario marcado por los costos en aumento, la caída del consumo y la acumulación de stock en las bodegas, muchos productores de la región se enfrentan a una de las crisis más inquietantes de las últimas décadas en el sector.

Los pequeños y medianos viticultores de Mendoza, el corazón de la producción de vino de Argentina, cada vez más abandonan la industria para dedicarse a otra actividad, desde cambiar el tipo de cultivo hasta pasarse a la ganadería, las pasturas u otro rubro más lucrativo.

Crisis internacional con impacto argentino

La crisis que golpea a los mendocinos tiene en realidad una cobertura internacional. La expansión de los hábitos de vida saludable, que incluyen un menor consumo de alcohol, y un mercado cada vez más enfocado en la calidad frente a la cantidad, han desembocado en una caída de las ventas y en el desplome del precio de la uva.

El descenso del consumo a nivel mundial impacta en una región principalmente exportadora. A ello se suma los bajos precios de la uva, la falta de financiación, la exigencia de aumento de la calidad, la incertidumbre de los fenómenos meteorológicos y el aumento de costos, entre otros problemas.

A nivel local, las inclemencias climáticas suponen otro gran obstáculo, puesto que en las zonas con más riesgos de eventos como granizo o heladas, siniestros consecutivos dejan a los productores fuera del Registro Único de Tierra (RUT), fundamental para acceder a beneficios del Seguro Agrícola y otras compensaciones, y les provoca alza en las primas de los seguros.

Las expectativas para este 2026 no son muy halagüeñas. Así, se estima que el consumo interno este año se quedará en 14,4 litros por habitante, lo que se traduce en una caída de un 4 % con respecto al año anterior. Además, en el último ejercicio las importaciones crecieron un impresionante 113 %, dando a entender una pérdida de competitividad de cara al mercado global.

El prestigioso enólogo Alejandro Vigil opina que las causas del descenso del consumo son múltiples, y señaló la pérdida de poder adquisitivo real, el reacomodamiento de precios relativos, competencia fuerte con otras bebidas más económicas o el cambio en las ocasiones de consumo, entre otras, según aseguró a Los Andes.

Por su parte, el enólogo Federico Vargas apunta a otro factor, el de la concentración de la industria, que hará cada vez más difícil competir a los proyectos pequeños con los grandes en el mercado tradicional.

Menos vid, producción y precio

Desde el máximo de 2014, cuando se alcanzó el pico de 160.983 hectáreas de vid plantadas en Mendoza, la superficie sembrada de cepas no ha hecho más que descender paulatinamente, hasta las 140.682 registradas en 2025, según los datos públicos del tablero productivo de la provincia.

En paralelo, la producción de uvas marca una clara tendencia menguante. Desde un pico en 2013 con casi 20 millones de quintales (2000 millones de kilos), hasta los menos de 15 millones del año pasado, que, sin embargo, fue el mejor de los últimos cuatro ejercicios.

En el caso del precio de la uva, la tendencia era visiblemente ascendente hasta 2023, cuando sufrió un intenso desplome de más del 50 %, pasando de 53.363 pesos (unos 38 dólares) el quintal a los 24.371 pesos (poco más de 17 dólares). Un desmoronamiento similar al del precio del vino varietal (elaborado con una sola variedad de uva y normalmente de más calidad), que en el mismo periodo pasó de 81.601 pesos (58 dólares) a 45.660 (32,5 dólares).

"Es momento de entender el proceso y adaptarse a los cambios. Métanse en la cereza, en el pistacho, en las pasturas; tengan vacas"

La misma curva descendente se observa en las exportaciones, en caída libre desde 2020 a 2023, cuando se redujo a la mitad las ventas al exterior, y con una leve recuperación en 2024.

El ministro de Producción de la provincia, Rodolfo Vargas Arizu, lo explicó de manera diáfana en diálogo con La Nación: "Hay oportunidades todos los días. Muchos quieren que su problema se lo resuelva el Estado. Esto lo vemos bastante en la vitivinicultura. Es momento de entender el proceso y adaptarse a los cambios. Métanse en la cereza, en el pistacho, en las pasturas; tengan vacas", dijo a comienzos de esta semana, en un claro llamamiento a los agricultores al cambio de cultivo o de actividad.

Y el sector parece que se ha sentido apelado. La producción agrícola de la provincia va virando hacia otros productos considerados más rentables, como el pistacho, la almendra y la nuez, así como a pasturas y ganadería.

Igualmente se observa con claridad el tirón de los frutos secos en los últimos años, con un crecimiento que se triplicó en el último trienio, siempre con vistas a la exportación, y de la ciruela, el ajo, la papa o el tomate, entre otras producciones.

De hecho, más del 10 % de los productores locales ya iniciaron el camino de la transformación, según recoge el departamento encabezado por Vargas Arizu.

Otros cambios clave

La crisis del sector está empujando a los productores tanto a una transformación técnica como hacia una producción de mayor calidad priorizando vinos finos y espumantes frente a las variantes criollas.

La caída de los precios, la entrega de vino sin precio fijo y la acumulación de stock de cosechas anteriores da además el empujón hacia la diversificación de cultivos.

No menos importante son los cambios institucionales y la desregulación del sector, que genera desprotección en los productores. Bajo el Gobierno del presidente Javier Milei se ha reestructurado el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), con sede en Mendoza, y se han eliminado más de 900 normas para reducir costos y burocracia, lo que supone aproximadamente en 80 % de la normativa.

El nuevo rol del INV, que deja de ser intervencionista y de fiscalizar la propiedad de los viñedos, la cosecha, la elaboración y el transporte, ha generado preocupación sobre la trazabilidad del vino argentino ahora que ya no hay seguimiento de todo el proceso productivo.

Mendoza, ¿a la cabeza del cambio?

Los datos oficiales registran que Argentina tiene alrededor de 17.000 productores de uva y 900 bodegas activas, que proporcionan más de 380.000 puestos de trabajo directos e indirectos. La producción anual de unos 900 millones de litros es la quinta a nivel mundial, recoge Bichos de Campo.

En el campo de la exportación se posiciona como decimoprimer exportador mundial de vino, con destinos como EE.UU., Reino Unido, Canadá, Brasil o Países Bajos. Pero sus ventas, de 1,93 millones de hectólitros, son un 6,8 % más bajas que hace un año. Se trata del menor volumen desde 2004.

A pesar del difícil contexto, se espera que Mendoza se posicione como motor del cambio para enfrentar la crisis. La provincia es la mayor productora de vino del país, acaparando el 70 % de la producción y el 93 % de la exportación de estos caldos.

El año pasado se ubicaban allí el 71,8 % de las bodegas del país, según los datos oficiales, casi 900, 230 de ellas abiertas al turismo, lo que la convierte en la red de enoturismo más grande de Latinoamérica.

Ahora queda por ver si la tradición mendocina de ser la tierra del vino argentina, continúa con el mismo esplendor de décadas pasadas o si se acelera la sustitución de cultivos y la internacional Fiesta de la Vendimia en Mendoza se convierte tan solo en un recordatorio de tiempos pasados.

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