La historia de cómo el presidente de EE.UU., Donald Trump, tomó la decisión de atacar a Irán no partió de una deliberación solemne o de la aquiescencia del Congreso, sino que se inició con una presentación de diapositivas del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, un "sounds good to me" ["me suena bien"] del presidente estadounidense y una nota enviada desde un avión.
Los detalles de la escena los cuenta The New York Times. Según el relato, el presidente Trump sopesó su intuición y las exigencias israelíes frente a las profundas preocupaciones de su vicepresidente y a una evaluación de inteligencia pesimista.
Reunión en la Casa Blanca
Todo se comenzó a gestarse el pasado 11 de febrero, con la llegada de Netanyahu a la Casa Blanca, poco antes de las 11:00 de la mañana. Llevaba meses presionando para que EE.UU. accediera a atacar a Irán.
Tras una reunión de la comitiva israelí con funcionarios estadounidenses, llegó el turno para la presentación que preparó Netanyahu a Trump y su equipo en una sala situacional.
En esa cúpula estaban presentes la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles; el secretario de Estado, Marco Rubio; el secretario de Guerra, Pete Hegseth; el presidente del Estado Mayor conjunto, Dan Caine; el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), John Ratcliffe; el yerno del presidente estadounidense, Jared Kushner; y Steve Witkoff, enviado especial de Trump. El vicepresidente J.D. Vance, la figura dentro de la Casa Blanca más opuesta a una guerra a gran escala, se encontraba en Azerbaiyán.
Durante la presentación, los israelíes mostraron un montaje con posibles líderes para sustituir al Gobierno iraní de ala dura, entre los que figuraban Reza Pahlavi, hijo exiliado del último sha de Irán y residente en EE.UU.
Se habló de una victoria segura en pocas semanas, de que Irán no podría bloquear el estrecho de Ormuz y de la "mínima posibilidad" de que Teherán atacara intereses estadounidenses en los países de la región. También se aseguró que la oposición en el país persa reanudaría las protestas y derrocaría al Gobierno.
"Me suena bien", fue la respuesta de Trump a la presentación de Netanyahu, expresión que ya vaticinaba la próxima luz verde a la intervención militar.
Dudas sobre la postura israelí
El análisis en la Casa Blanca se centró el día siguiente en los cuatro puntos expuestos por la comitiva israelí: el asesinato del ayatolá Alí Jameneí, el debilitamiento de la capacidad de Irán para proyectar su fuerza, el supuesto levantamiento popular en el interior del país persa y la imposición de un líder laico en el poder. Los funcionarios de inteligencia de EE.UU. consideraron viables los dos primeros objetivos, pero mostraron dudas sobre los otros dos, refiere el NYT.
El director de la CIA consideró "ridículos" los escenarios de derrocamiento del Gobierno iraní; mientras que Rubio intervino en la misma línea: "En otras palabras, es una tontería", dijo.
El general Caine, por su parte, le habría dicho a Trump: "En mi experiencia, este es el procedimiento habitual de los israelíes. Prometen más de lo que pueden cumplir y sus planes no siempre están bien elaborados. Saben que nos necesitan, y por eso insisten tanto en convencernos".
Caine mostró serias preocupaciones sobre una guerra con Irán, entre ellas, el hecho de que agotaría las reservas de armamento estadounidense, sin una forma rápida de reponerlas, además de la dificultad de asegurar el estrecho de Ormuz. Sin embargo, se mostró persistente en no tomar partido en una decisión final.
Trump, además, se encontraba envalentonado después de que, a principios de enero de este año, una agresión de fuerzas estadounidenses lograra el secuestro militar del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sin una sola baja propia.
En el seno del Gabinete, Hegseth era el más entusiasta defensor de una campaña militar contra Irán, mientras que Rubio no era partidario de iniciar una guerra a gran escala, si bien no intentó disuadir de lo contrario al presidente estadounidense. De hecho, una vez iniciada la ofensiva unilateral contra Teherán, se ha convertido en un firme defensor.
Vance fue la figura más preocupada por la posibilidad de la guerra, de hecho, había forjado su carrera política en parte apoyado en su oposición a aventuras militares que consideraba demasiado costosas. Así, aunque no intervino para evitar un ataque, sí que intentó orientarlo hacia una acción más limitada.
Al vicepresidente le preocupaban tanto la extensión del caos en la región de Medio Oriente, como el daño a la coalición política de Trump, que en campaña había prometido no impulsar este tipo de agresiones militares. Su temor era que una ofensiva de este calibre pudiera ser vista como una traición. En otro quebradero de cabeza coincidía con Caine: el agotamiento del armamento estadounidense.
Se acelera la decisión
En los últimos días de febrero, estadounidenses e israelíes conocieron en que el ayatolá se reuniría con la cúpula de su Gobierno en la superficie. Esta información aceleró todos los planes.
El 26 de febrero se produjo la última reunión en la Sala de Situaciones. Vance le habría dicho a Trump: "Sabe usted que creo que es una mala idea, pero si quiere hacerlo, lo apoyaré". El resto de los presentes respaldaron cualquier decisión que tomara el presidente, mientras que Hegseth urgió a ocuparse de los iraníes lo antes posible.
"Creo que debemos hacerlo", fue la respuesta final de Trump. Al día siguiente, a bordo del Air Force One, el avión presidencial, poco antes de las 4:00 de la tarde, envió la orden: "La Operación Furia Épica está aprobada. No se permiten abortos. Buena suerte".
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