Recientemente, el presidente estadounidense, Donald Trump, declaró estar satisfecho con la situación en el estrecho de Ormuz y con los avances en las negociaciones con Irán. El vicepresidente J. D. Vance se había expresado en términos similares días antes, señalando que habían logrado crear un mecanismo para evitar una nueva escalada entre Israel, el Líbano y Hezbolá, y que durante las conversaciones en Suiza se habían sentado las bases para un futuro acuerdo de paz.
A primera vista, esto parece un avance diplomático significativo, pero la realidad es más compleja. La retórica optimista de la Administración Trump no cambia el hecho de que el proceso negociador sigue siendo muy volátil y que la confianza entre las partes es escasa, por no decir inexistente. Además, mientras Vance lideraba las negociaciones en Suiza, Trump, en su estilo característico, volvió a arremeter contra Irán, poniendo en peligro los esfuerzos de su propio equipo negociador. Como resultado, la parte iraní se retiró temporalmente de las conversaciones, aunque la Administración Trump intenta restar importancia a este episodio.
Sin embargo, sería prematuro decir que las negociaciones han fracasado. Las declaraciones posteriores del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, demostraron que, pese a su irritación, Teherán no está interesado en interrumpir de inmediato el proceso de diálogo. Al contrario, la parte iraní sigue dejando espacio para la diplomacia, al tiempo que demuestra que no está dispuesta a hacer concesiones bajo presión ni ante amenazas públicas.
En la actualidad, rige un marco temporal de negociación —una especie de memorándum que podría mantenerse vigente entre 50 y 60 días más—. No se trata de un acuerdo pleno, sino de una pausa que cada parte aprovecha en su propio beneficio.
Para EE.UU., es una oportunidad para demostrar que la crisis es manejable y para reducir los riesgos en el estrecho de Ormuz y en el frente libanés. Para Irán, es una forma de ganar tiempo, aliviar la presión de las sanciones, recuperar margen de maniobra diplomática y poner a prueba hasta qué punto Washington es realmente capaz de controlar su propia retórica y las acciones de sus aliados.
Precisamente por eso, la situación actual no puede calificarse ni de éxito ni de fracaso. Es una fase intermedia en la que aún hay puntos en común, pero no hay garantías de que el proceso diplomático se mantenga activo. Cualquier movimiento brusco —una nueva amenaza de Trump, una operación de Israel en el Líbano, un ataque contra infraestructuras regionales o una declaración tajante de Teherán— podría reducir estos esfuerzos a la nada.
Por tanto, el pesimismo incondicional es tan erróneo como el optimismo desmedido. Las negociaciones no han fracasado. El canal de comunicación funciona, las partes siguen intercambiando señales y el plazo ofrece una oportunidad para seguir avanzando en la coordinación. Pero esa oportunidad es limitada y inestable. Irán, como siempre, intenta ganar tiempo y sacar el máximo partido a la pausa diplomática. EE.UU. intenta presentar la situación como un proceso controlable, aunque de vez en cuando genere nuevos riesgos por sí mismo.
La situación en el estrecho de Ormuz también sigue siendo incierta. Oficialmente, se ha informado de que EE.UU. e Irán acordaron establecer una línea de comunicación para garantizar el tránsito seguro de los buques. Trump se ha apresurado a declarar que el estrecho está "totalmente abierto". Sin embargo, fuentes iraníes pintan un panorama completamente distinto. Según ellas, la Guardia Revolucionaria Islámica no ha autorizado el paso a ningún barco. Esto significa que, incluso en el nivel más básico de la información, las partes y sus respectivos canales mediáticos están describiendo los acontecimientos de manera diferente.
Precisamente por eso, no hay ninguna certeza en torno al estrecho. La retórica política estadounidense, las demostraciones de control por parte de Irán y las señales del mercado cuentan historias distintas. El panorama general no es ni transparente ni estable. Formalmente, puede parecer una desescalada, pero en la práctica se asemeja más a un régimen de incertidumbre gestionada, en el que cada lado conserva la capacidad de interpretar los hechos en su propio provecho.
La reacción de los mercados petroleros no debería llevar a engaño. El hecho de que el Brent ronde actualmente los 78–80 dólares por barril es una buena noticia para Washington: se ha evitado por ahora un 'shock' extremo de precios, ya que los mercados parecen haber asimilado parcialmente la posibilidad de una estabilización. Pero eso no significa que la crisis haya terminado.
El mercado del petróleo no reacciona solo ante los hechos, sino también ante las expectativas. Si se produce un nuevo incidente militar, un ataque contra un buque o su bloqueo, o una declaración dura de una de las partes, los precios podrían dispararse de nuevo hasta los 100 dólares por barril. En ese caso, la estabilización actual resultaría ser solo una pausa temporal y no un indicio de una solución real.
En este sentido, las relaciones entre Irán y EE.UU. se encuentran ahora en una especie de zona gris. No hay confrontación directa entre las partes, pero tampoco se ha alcanzado un acuerdo diplomático duradero. Las partes mantienen el canal negociador, pero no demuestran la confianza suficiente para llegar a un acuerdo sostenible. EE.UU. intenta mostrar que controla la situación y es capaz de garantizar la libertad de navegación. Irán, por el contrario, subraya que el estrecho sigue siendo su principal palanca de presión y que cualquier acuerdo solo se aplicará en condiciones que Teherán considere aceptables.
Precisamente por eso, la situación no puede valorarse de forma categórica. Por un lado, la existencia de un canal de comunicación y de un marco negociador reduce el riesgo de una escalada accidental. Por otro, la ausencia de reglas claras, junto con declaraciones contradictorias y la continua presión militar, hacen que la situación sea extremadamente volátil. No es un fracaso diplomático, pero tampoco un verdadero éxito. Más bien se trata de una pausa temporal: las partes intentan ganar tiempo, sondear las intenciones de la otra y evitar un colapso inmediato.
La conclusión principal es que el estrecho de Ormuz se ha convertido no solo en un corredor de transporte, sino en un indicador de la dinámica entre EE.UU. e Irán. Mientras persista la incertidumbre en torno a él, todo el marco negociador seguirá siendo inestable. Las partes pueden declarar que la situación está controlada, pero en realidad un solo incidente, una declaración política o una acción malinterpretada en el mar pueden cambiarlo todo. Por lo tanto, es pronto para hablar de una desescalada plena. El término 'zona gris' es más acertado: existe margen para el acuerdo, pero también riesgo de una nueva escalada.
No se habla de un gran avance, pero la ventana diplomática sigue abierta, aunque podría cerrarse en cualquier momento. El futuro de las negociaciones dependerá de si las partes son capaces de mantener el equilibrio en lo que respecta a concesiones políticas reales. El problema es que ese equilibrio, por ahora, es más retórico que práctico.
Al parecer, EE.UU. e Irán se escuchan mejor, pero eso no significa que estén dispuestos a escucharse de verdad. Antes, las partes no lograban captar las señales de la otra; ahora la situación ha cambiado algo. Pero comprender la postura del otro no equivale a estar dispuesto a tenerla en cuenta al tomar una decisión política. EE.UU. quiere presentar el proceso como un avance hacia un acuerdo duradero, pero sigue hablando a Irán en un lenguaje de amenazas y presión pública. Irán, por su parte, está dispuesto a seguir en la mesa de negociación, pero se muestra reacio a asumir compromisos que puedan parecer concesiones forzadas.
Además, no se puede eludir el factor israelí. Un acuerdo entre Irán y EE.UU. no existiría en el vacío, sino en un entorno regional donde Israel sigue siendo un actor independiente con sus propios intereses, amenazas y líneas rojas. Factores como el Líbano y Hezbolá, la seguridad de las fronteras septentrionales de Israel y la influencia de Irán sobre los movimientos armados regionales influirán directa o indirectamente en las negociaciones. Incluso si Washington y Teherán acuerdan formalmente los parámetros de la desescalada, no está claro si el proceso negociador podrá mantenerse al margen de las presiones externas.
Una cuestión aparte que no ha desaparecido de la agenda es el programa nuclear iraní. Formalmente, Irán aún puede afirmar que sus actividades nucleares son pacíficas. Pero el contexto ha cambiado. Antes del 28 de febrero, no había en Irán debates significativos o activos sobre un posible avance hacia la fabricación de una bomba nuclear, pero ahora esas discusiones se han convertido en una realidad. No se puede simplemente apartarlas de la agenda ni fingir que no ha pasado nada.
Washington tendrá que lidiar ahora no solo con los parámetros técnicos del programa nuclear iraní, sino también con la nueva atmósfera política en Irán. Tras las recientes presiones militares, los argumentos de los funcionarios iraníes partidarios de una postura más dura han cobrado un peso adicional. Esto plantea una pregunta difícil para EE.UU.: ¿cómo puede restringir el programa nuclear iraní sin fortalecer a las fuerzas dentro de Irán que consideran peligroso e inútil hacer concesiones a Occidente?
Todo ello convierte la situación actual en algo ambiguo. Las negociaciones no han fracasado y aún hay margen para el compromiso, pero un gran avance es imposible. Demasiados factores impiden ahora que las partes alcancen un acuerdo duradero. Aunque la posibilidad de llegar a un acuerdo sigue existiendo, no dependerá de declaraciones retóricas, sino de la capacidad de EE.UU. e Irán para pasar de las señales simbólicas a concesiones políticas reales.
Por Farhad Ibragimov, profesor de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Rusia