Actualmente, el poderío del crimen organizado ya no se evalúa únicamente bajo parámetros de dominio geográfico, sino también por el uso de tecnologías que van desde perros entrenados para detectar explosivos y minas artesanales enterradas en caminos rurales hasta vehículos blindados conocidos como 'monstruos'.
Sin embargo, la mayor preocupación radica en el espacio aéreo, donde los cárteles están empleando equipos de drones que han modificado para tres tareas fundamentales: vigilar movimientos, lanzar explosivos y perpetrar asaltos remotos.
Bajo esta modalidad, muchos territorios en el estado mexicano de Michoacán se convirtieron en campos de batalla donde elementos del Ejército del país y la Guardia Nacional han sido víctimas directas de los grupos delictivos.
Además, la sofisticación tecnológica de las redes de narcotráfico también se evidencia en el control de información táctica sensible que han alcanzado, puesto que, hoy en día, dichas agrupaciones cuentan con centros de monitoreo clandestinos capaces de intervenir en los sistemas de videovigilancia oficiales.
De hecho, han desarrollado un sistema muy parecido al C5 —un sistema de seguridad muy extendido entre los centros de mando e inteligencia en México—, en el que colocan cámaras en postes de luz, de teléfono y de alumbrado público.
Esta implementación tecnológica representa solo la fase inicial de una estrategia de los cárteles para operar a mayor distancia con menor riesgo, pues, conforme se expanden, van integrando inteligencia de punta e incluso tecnología marítima, aprovechando que el presupuesto millonario con el que cuentan les permite adquirir los dispositivos más avanzados prácticamente al mismo tiempo que las autoridades.