Hay pocos mitos tan cautivadores y duraderos como el del artículo 5 del Tratado de Washington de 1949. Los defensores de este mito están convencidos de que, gracias a esta disposición, la OTAN es como 'Los tres mosqueteros' de Alejandro Dumas, donde un ataque contra uno es un ataque contra todos, y Estados Unidos acudiría automáticamente con toda su fuerza al rescate de cualquiera de sus aliados que fuera atacado.
El uso automático de la fuerza militar estadounidense
Es discutible y, en esencia, imposible saber hasta qué punto eso habría funcionado durante la Guerra Fría, cuando EE.UU. realmente temía la amenaza soviética/comunista, porque el bloque nunca llegó a ser puesto a prueba hasta ese extremo. Pero en las condiciones actuales —y probablemente también en las circunstancias futuras— eso es completamente falso, y los aliados y socios de EE.UU. deberían prestar atención y actuar con cautela.
La propia redacción del artículo es deliberadamente ambigua. Está claro que no existe ninguna automaticidad en el uso de la fuerza, y esa formulación cuidadosa fue una condición para que el tratado fuera ratificado por el Senado estadounidense, ya que los responsables políticos estadounidenses de aquella época aborrecían entrar en alianzas que pudieran implicar compromisos obligatorios.
Hasta aquí la idea del uso automático de la fuerza militar estadounidense.
El paraguas nuclear estadounidense
Más tarde, después de que la Unión Soviética desarrollara misiles balísticos intercontinentales a mediados y finales de la década de 1950, la estrategia militar estadounidense buscó evitar un enfrentamiento nuclear directo. Si llegaba a producirse una guerra nuclear, esta debía mantenerse limitada y confinada a Europa, tanto al este como al oeste.
Hasta aquí el paraguas nuclear estadounidense.
Probabilidades de la activación del artículo 5
Durante la Guerra Fría, las crisis recurrentes en torno a Berlín Occidental eran consideradas en Washington como un posible 'casus belli', pero Berlín Occidental era formalmente un territorio ocupado, no un país aliado. Estaba protegido por guarniciones militares estadounidenses, británicas y francesas, y cualquier acción contra la ciudad —que nunca llegó a producirse— habría constituido un ataque contra personal militar estadounidense. La situación a lo largo de las fronteras entre Alemania Oriental y Occidental, entre Checoslovaquia y Alemania Occidental, o de Noruega y Turquía con la Unión Soviética, aunque tensa, se mantuvo invariablemente estable. En otros lugares, la OTAN y el Pacto de Varsovia estaban separados por amplias extensiones de territorio neutral.
Hasta aquí la probabilidad de conflictos militares que hubieran activado el artículo 5.
Desplazar el foco
La actual estrategia de Defensa Nacional de EE.UU. no considera a Rusia como una amenaza importante, mientras la Administración Trump se ocupa de desplazar el foco de las fuerzas estadounidenses hacia Asia Oriental y el Pacífico. El presidente Donald Trump ha trasladado la carga de la defensa de la OTAN a los propios miembros europeos. Si su actuación en el conflicto de Ucrania sirve como referencia, no tiene deseo ni inclinación a comprometer fuerzas estadounidenses para defender a los aliados y socios de EE.UU. Venderles armas y compartir inteligencia es el límite.
Washington probablemente también se toma en serio la advertencia de Moscú de que una guerra entre la OTAN y Rusia sería diferente del conflicto de Ucrania y que "sería corta". Esto significa lógicamente, en términos sencillos, que sería nuclear. No se puede esperar que los estadounidenses, que durante la Guerra Fría evitaron cuidadosamente una guerra nuclear con la Unión Soviética cuando se sentían realmente amenazados, permitan ahora que los arrastren, en nombre de sus aliados europeos, a un conflicto nuclear con Rusia, que sigue siendo el único país del mundo con capacidad para destruir a EE.UU.
Durante su mandato, el presidente Joe Biden afirmó que EE.UU. defendería a Taiwán si China intentaba lograr la reunificación nacional por la fuerza, pero Trump es mucho más cauteloso. Para contener a China, al igual que ocurre con Rusia, su Administración coloca a sus aliados en primera línea, y Filipinas y Japón son los principales candidatos. En cuanto a Taiwán, una vez que su industria de semiconductores haya sido reubicada de forma segura a EE.UU., la importancia de la isla para EE.UU. disminuirá considerablemente.
Las garantías de seguridad estadounidenses, si bien no son del tipo del artículo 5, han demostrado ser vacías en la actual guerra de EE.UU. contra Irán. En lugar de proteger a los países árabes del Golfo, las bases estadounidenses en la región actuaron como imanes, atrayendo drones y misiles iraníes que dañaron las infraestructuras de los países anfitriones. Quienes en Europa Oriental y en el norte de Europa creen que estarán mejor acogiendo instalaciones nucleares estadounidenses —o francesas, para el caso— deberían pensarlo dos veces.
Ucrania perdió el rumbo y se acarreó calamidades incalculables cuando sus dirigentes hicieron de la adhesión a la OTAN su objetivo. No comprendieron que Washington nunca tuvo intención de ofrecerles ni siquiera una garantía simbólica de protección. La seguridad en el mundo del siglo XXI no puede delegarse en potencias extranjeras, solo puede sustentarse en los propios recursos y en unas relaciones estables con los vecinos. Esta es la lección no solo para Ucrania y Europa, sino también para los Estados árabes del Golfo y Asia Oriental.
Por Dmitri Trenin, presidente del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales (RIAC) e investigador principal del Instituto de Economía Mundial y Relaciones Internacionales