Un monumento conmemorativo de bronce de 15 metros de altura se alza sobre un paseo ribereño del río Amur: un soldado soviético blandiendo la culata de su fusil y destrozando un mojón fronterizo japonés que lleva el emblema del Crisantemo Imperial, un símbolo considerado sagrado en Japón.
El 4 de septiembre —un día después del Día de la Victoria sobre el Japón Militarista y del Fin de la Segunda Guerra Mundial (según se conmemora en Rusia)— se inauguró el monumento conmemorativo de la Victoria en Oriente en el punto más alto del paseo ribereño del río Amur, en Jabárovsk. El monumento fue creado por iniciativa del presidente ruso, Vladímir Putin, con la participación de la Sociedad Histórica Militar Rusa y del gobierno de la región de Jabárovsk. El mojón fronterizo de piedra es una réplica exacta de un mojón erigido por Japón en Sajalín después de la guerra ruso-japonesa.
Al día siguiente, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, exigió la retirada del monumento. La representación del crisantemo destrozado, escribió en X, era absolutamente inaceptable y constituía una afrenta a los sentimientos nacionales del pueblo nipón. El ministro de Asuntos Exteriores, Toshimitsu Motegi, calificó el monumento de "inaceptable" y profundamente lamentable, y declaró que Tokio seguiría presionando para que fuera retirado.
Moscú respondió que no desmontaría ni modificaría el monumento. La portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, María Zajárova, incluso afirmó que también se podría exigir que dejara de soplar el viento o que dejara de brillar el sol.
Pekín aprovechó la ocasión para recordar a Tokio los crímenes del pasado: la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Mao Ning, aconsejó a Japón aprender de la historia, romper definitivamente con el militarismo y ganarse la confianza de sus vecinos mediante acciones concretas.
A primera vista, la situación parece sin precedentes. En el lapso de un solo mes, el presidente ruso realizó una visita histórica a Iturup; ambas partes convocaron a sus embajadores; Japón, Estados Unidos y Australia realizaron ejercicios militares a tan solo 20 kilómetros de la frontera rusa; y ahora está la cuestión del monumento y la exigencia de derribarlo. Los medios hablan de un "fuerte enfriamiento" de las relaciones, de una nueva ola de confrontación en el Lejano Oriente ruso e incluso de un posible "segundo frente" de la Guerra Fría.
Sin embargo, los expertos rusos que hablaron con RT ven la situación de otra manera.
Una serie de coincidencias
La situación no fue desencadenada por las acciones de Rusia, sino por el Ministerio de Defensa japonés.
El 4 de agosto, el Gabinete de Japón aprobó su Libro Blanco de Defensa de Japón anual: un récord de 598 páginas con una portada de estilo anime en la que aparecía un grupo de jóvenes sonrientes frente al paisaje de una ciudad futurista. El tema de este año era "Seguridad para el futuro". Sin embargo, el contenido del libro blanco era bastante pragmático. China fue identificada como el mayor desafío estratégico de Japón; en la lista le seguían Rusia y Corea del Norte; por primera vez, el aumento del poder militar se vinculó directamente con la prosperidad económica (de ahí el diseño pacífico de la portada).
Hay una sección sobre la actividad militar rusa en el Lejano Oriente: el documento señala los vuelos de Tu-95, 214 interceptaciones de aeronaves rusas a lo largo del año, la ampliación de las patrullas navales conjuntas con China (en agosto de 2025, un submarino participó por primera vez en estas patrullas), así como un vuelo de bombarderos rusos y chinos a las cercanías de la isla de Shikoku en diciembre. También hay un capítulo sobre nuevos métodos de guerra, como el uso de drones producidos en masa y de bajo coste y el uso de la IA en la toma de decisiones. Por segundo año consecutivo, el documento califica las acciones militares rusas en las islas Kuriles Meridionales de "ocupación ilegal".
Nueve días después, el 13 de agosto, Vladímir Putin visitó Iturup. A lo largo de sus años en el poder, el presidente ruso nunca había visitado las islas meridionales de la cadena de las Kuriles, que también son reclamadas por Japón.
La reacción japonesa fue inmediata. Takaichi calificó la visita de "absolutamente inaceptable", Motegi reiteró la posición de Tokio de que las islas son una "parte inherente del territorio japonés", y el Ministerio de Asuntos Exteriores japonés convocó al embajador ruso en Japón, Nikolái Nozdrev. Moscú respondió con firmeza, desestimando las declaraciones de los funcionarios japoneses por ser políticamente irrelevantes, ofensivas y jurídicamente nulas; reiteró que Iturup, al igual que el resto de las Kuriles, forma parte integral de Rusia y que los funcionarios japoneses no tienen derecho a decirle a Moscú qué regiones del país puede visitar el presidente ruso.
El 15 de agosto, aniversario de la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Takaichi envió un 'tamagushi' (ofrenda ritual) al santuario de Yasukuni. Sin embargo, se abstuvo de acudir personalmente, y el partido gobernante aclaró que la donación se había realizado con fondos personales y en su calidad de líder del PLD (Partido Liberal Democrático), y no como jefa de Gobierno. El gesto estaba calculado para satisfacer al público nacional sin provocar una disputa diplomática con Pekín y Seúl.
El 18 de agosto, el embajador japonés en Rusia, Akira Muto, fue convocado a la Cancillería rusa. El viceministro de Relaciones Exteriores, Mijaíl Galuzin, presentó una enérgica protesta por las declaraciones realizadas por la primera ministra y el ministro de Asuntos Exteriores de Japón, afirmando que la soberanía y jurisdicción de Rusia sobre las islas Kuriles Meridionales son inviolables y que cualquier intento de poner en duda esta realidad era inaceptable e ilegítimo.
El 31 de agosto se produjo otro incidente, esta vez relacionado con ejercicios militares. Del 8 al 24 de septiembre, Japón, Estados Unidos y Australia realizaron los ejercicios Escudo Oriental, con algunas operaciones llevándose a cabo en la isla de Hokkaido, cerca de la frontera rusa. Se informó a la parte japonesa de que la actividad militar provocadora cerca de las fronteras del Lejano Oriente ruso era absolutamente inaceptable; Zajárova señaló específicamente los planes de desplegar durante los ejercicios sistemas de misiles estadounidenses Typhon con base terrestre, capaces de disparar misiles de alcance medio y corto, y advirtió de contramedidas compensatorias.
El 4 de septiembre se inauguró el monumento en Jabárovsk. Ese mismo día, la Asamblea General de la ONU votó a favor de adoptar la proyección cartográfica Equal Earth. Japón votó a favor. Pero unos días después exigió una corrección: en la versión en línea del nuevo mapa, las cuatro islas Kuriles Meridionales aparecían del mismo color que el resto de Rusia, algo que Tokio consideró inaceptable.
Así pues, tenemos seis incidentes en 30 días. Cada incidente agrava el anterior y, juntos, forman una imagen de un rápido deterioro de las relaciones.
A continuación, expertos rusos analizan la situación.
"Las relaciones no se han enfriado de repente"
Vasili Shchepkin, especialista en Japón, candidato a doctor en Ciencias Históricas, investigador principal del Departamento de Extremo Oriente del Instituto de Manuscritos Orientales de la Academia de Ciencias de Rusia y profesor asociado de la Escuela Superior de Economía de San Petersburgo, propone replantear la cuestión.
"A mi juicio, las relaciones entre Rusia y Japón no se han enfriado de repente; llevan más de cuatro años en este estado, desde el inicio de la operación militar de Rusia en Ucrania. Japón se sumó a las sanciones occidentales, y todo lo ocurrido durante los últimos cuatro años es, en gran medida, consecuencia de ello", afirma.
Por tanto, la ruptura no se produjo en septiembre de 2026, sino en marzo de 2022, cuando Tokio respaldó el régimen de sanciones del Occidente colectivo y Moscú respondió retirándose de las negociaciones sobre un tratado de paz, cancelando el régimen sin visado para los ciudadanos japoneses en las islas Kuriles y suspendiendo el diálogo sobre actividades económicas conjuntas allí. Todo lo que siguió fue consecuencia de aquella única decisión.
Entonces, ¿qué ocurrió en agosto? Según Shchepkin, la actual cadena de acontecimientos fue consecuencia directa de la visita de Putin a Iturup. La reacción de Tokio era inevitable. Sin embargo, llama la atención sobre un detalle desatendido: "Aparte de las declaraciones, hasta ahora no se ha adoptado ninguna medida concreta".
Japón no emprendió ninguna acción en septiembre. No se adoptaron nuevos paquetes de sanciones, no se expulsó a diplomáticos ni se cancelaron los proyectos restantes. En cuanto a las gestiones diplomáticas, la convocatoria de diplomáticos y las declaraciones sobre comportamientos inaceptables, todo ello forma parte del procedimiento diplomático habitual.
"Ni Tokio ni Moscú buscan agravar aún más las relaciones", apunta Shchepkin.
"A mi juicio, es poco probable que se deterioren más, porque, hablando de la interacción bilateral, ninguna de las partes quiere ponerle fin ni intensificar las tensiones".
Por lo tanto, podemos concluir que las relaciones entre Rusia y Japón, en su forma actual, son una variable dependiente.
"El estado actual de las relaciones es más bien consecuencia de otros acontecimientos que no están directamente vinculados con la agenda ruso-japonesa", agrega el experto.
Ya no existe una agenda bilateral independiente; por lo tanto, solo podemos hablar de la situación mundial y de cómo se relaciona con el Lejano Oriente ruso.
"Actualmente, nos encontramos en una especie de punto muerto al que regresamos cada vez que la situación mundial empeora, y especialmente cuando las relaciones entre Rusia y Estados Unidos se deterioran", indica el experto. "Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo la 'tercera fuerza' de la que dependían en gran medida las relaciones entre Rusia y Japón".
¿Quién empezó?
Si bien es cierto que las relaciones están congeladas, no existe consenso entre las partes sobre quién tiene la culpa de ello. Los expertos rusos, sin embargo, tienen una opinión clara.
Olga Bonch-Osmolovskaya, especialista en Japón y candidata a doctor en Ciencias Históricas, describe las razones de la decisión de Tokio. Según ella, después de 2022, la política de Japón dejó de ser verdaderamente independiente. Pero esa es solo una parte de la historia.
"Una cosa es condenar políticamente una guerra lejana y expresar la propia posición de cara a las apariencias, dada la existencia de una especie de 'soberano'; otra muy distinta es integrarse activamente en la política correspondiente", afirma. Japón eligió la segunda opción. Y lo hizo con particular celo.
"Impulsado por lo que podría llamarse el 'complejo del alumno de sobresaliente' de los japoneses y por su tendencia a ser extremadamente concienzudos, a veces incluso fanáticos, en la ejecución de las tareas, Japón se alineó estrechamente con este rumbo, sumándose al paquete completo de sanciones contra Moscú y retirándose de diversas formas de cooperación", añade.
La política anterior, que permitía a Tokio equilibrar sus obligaciones como aliado con sus propios intereses en el norte, fue truncada. Con ella, todos los logros de la década anterior quedaron en nada.
"Rusia no inició el deterioro de las relaciones con Japón", señala Bonch-Osmolovskaya. "Respondió y continúa respondiendo a las sanciones japonesas y al aumento de la presencia militar estadounidense".
Sin embargo, existe una fina línea entre las palabras y las capacidades. Tomemos, por ejemplo, los ejercicios Escudo Oriental. "Durante los ejercicios se practican todo tipo de maniobras: el desembarco de tropas, el traslado de municiones, el despliegue de sistemas HIMARS, sistemas de defensa aérea, etc.".
Esto explica la firme reacción de Rusia. "Por supuesto, nadie está diciendo que esto sea literalmente una preparación para atacar las islas Kuriles. Pero Rusia está obligada a evaluar no solo las declaraciones, sino también las capacidades militares", afirma la especialista.
Las intenciones cambian junto con los gobiernos, pero la infraestructura militar permanece. Y los responsables militares de todo el mundo tienen esto en cuenta.
El resultado es un círculo vicioso: Japón incrementa su potencial militar conjuntamente con Estados Unidos; en respuesta, Rusia refuerza su posición en el Lejano Oriente; después, Tokio presenta este fortalecimiento como una justificación adicional para una mayor militarización. Y el círculo se repite.
Esto queda confirmado por el gasto militar de Japón. El país superó el umbral del 2 % del gasto en defensa antes de lo previsto, un año antes de la fecha establecida en la estrategia de 2022. Para el ejercicio fiscal actual, el gasto en defensa alcanzó la cifra récord de 8,8 billones de yenes, y la solicitud para el próximo año ya alcanza un récord de 8,9 billones de yenes (unos 56.000 millones de dólares).
En junio, el Parlamento cambió el nombre de Fuerza Aérea de Autodefensa por Fuerza Aérea y Espacial de Autodefensa; fue el primer cambio de nombre de una de las tres ramas de las Fuerzas de Autodefensa desde su creación en 1954. En agosto, Takaichi anunció nuevos cambios: la creación de un Grupo de Operaciones Espaciales, un satélite de Conciencia del Dominio Espacial y la ampliación de la 15.ª Brigada de las Fuerzas Terrestres de Autodefensa de Okinawa hasta convertirla en una división.
Estas acciones están dirigidas principalmente contra Pekín. Pero, teniendo en cuenta la geografía, también están dirigidas contra Moscú.
Energía en lugar de diplomacia
A pesar de todo ello, hay algo que equilibra el dramático panorama. Mientras los diplomáticos intercambian gestiones, los buques gaseros parten de Sajalín y transportan gas natural licuado (GNL) a Japón.
El proyecto Sajalín-2 sobrevivió a las sanciones, al congelamiento del diálogo político y a las exigencias de desmantelar el monumento. En junio, la Oficina de Control de Activos Extranjeros de Estados Unidos prorrogó una vez más la licencia especial hasta el 18 de diciembre de 2026. Esta excepción se ha concedido anualmente desde 2022, cada vez, precedida de negociaciones entre Tokio y Washington. El GNL ruso, según el Ministerio de Economía nipón, representó alrededor del 9 % de las importaciones japonesas de gas licuado en 2025. Según Bonch-Osmolovskaya, la relación inversa es aún más fuerte: Japón representó alrededor del 58 % de las exportaciones del proyecto.
Vladímir Nelídov, candidato a doctor de Ciencias Históricas, profesor asociado del Departamento de Estudios Orientales del MGIMO, investigador principal del Centro de Estudios Japoneses del Instituto de Estudios Orientales de la Academia de Ciencias de Rusia y experto del RIAC, considera que esta es la principal razón por la que las amenazas no pasaron de las palabras.
"Romper las relaciones diplomáticas sería desproporcionado", afirma. "Las posibilidades de introducir sanciones económicas adicionales también son limitadas: Japón no tiene mucho margen de presión. Por ejemplo, sigue participando en los proyectos de petróleo y gas de Sajalín y, creo, no está dispuesto a sacrificarlos".
Cabe destacar que la Administración estadounidense insistió en que Japón se retirara de los proyectos de Sajalín. Sin embargo, Tokio permaneció. "Por lo que podemos juzgar, Takaichi convenció a Estados Unidos o insistió [en hacer las cosas a su manera] y, por lo tanto, a pesar de la posición de su principal aliado, Japón se mantuvo en los proyectos".
La segunda posible palanca es la humanitaria. Tokio también intenta preservarla. "La parte japonesa ha invertido mucho esfuerzo en la cooperación humanitaria con Rusia. Antes de la actual escalada, los japoneses incluso decían con orgullo que, pese a la falta de diálogo político, los festivales culturales y otros eventos continuaban entre los dos países". Y Nelídov añade: "a largo plazo, Japón quizá necesite más estos contactos que Rusia".
Shchepkin respalda esta idea y añade que incluso durante los últimos cuatro años, gracias a los esfuerzos del 'lobby' prorruso dentro del Ministerio de Asuntos Exteriores japonés, se ha mantenido la cooperación en ámbitos como la cultura, la educación y el turismo. El actual flujo de turistas rusos hacia Japón, agrega el experto, es en gran medida un legado de la Administración de Shinzo Abe, cuando las partes acordaron dejar de lado la cuestión territorial y centrarse en la economía, la cultura y los visados.
El panorama general es bastante claro. Bonch-Osmolovskaya lo denomina "paz fría" y advierte de que una ruptura completa de las relaciones no beneficiaría a ninguno de los dos países: aunque Japón podría sustituir técnicamente el gas de Sajalín, hacerlo requeriría tiempo, dinero y una dependencia aún mayor de los proveedores estadounidenses, mientras que Rusia perdería ingresos procedentes del proyecto. "Una ruptura definitiva, si llegara a producirse, tendría un precio demasiado alto para ambas partes", subraya.
Por lo tanto, el límite hasta el que pueden deteriorarse las relaciones no lo determina la diplomacia. Lo dicta el equilibrio energético, y esto se aplica a ambas partes.
Por qué Takaichi no podía permanecer en silencio
Queda una pregunta apremiante: ¿por qué la primera ministra japonesa hizo todas esas declaraciones contundentes, si no iban a seguirles medidas concretas?
Nelídov sugiere observar la situación desde la perspectiva del liderazgo japonés para comprender mejor su lógica. Sanae Takaichi llegó al poder como política nacionalista y, entre otras cosas, defensora del honor nacional. Su política se basa en ello.
"Si no hubiera reaccionado a la visita del presidente ruso a un territorio reclamado por Japón, a la instalación del monumento —que [Rusia] considera algo bueno, necesario y valioso, pero que los japoneses ven como una profanación de un símbolo del Estado— o a los ejercicios militares, su propio partido, hablando en sentido figurado, la habría despedazado", sostiene el experto.
Por ejemplo, cuando la Administración estadounidense impuso sanciones contra la Corte Penal Internacional, incluida su presidenta, la ciudadana japonesa Tomoko Akane, Takaichi fue criticada por no haber defendido a su compatriota con suficiente firmeza. "Si la opinión pública y los miembros de su propio partido le exigen una acción decisiva incluso en sus relaciones con Estados Unidos, ¿qué dirían sobre Rusia?"
Un escenario en el que Tokio hubiera guardado silencio para evitar dañar las relaciones con Moscú es prácticamente imposible.
Valeri Kistánov, director del Centro de Estudios Japoneses del Instituto de China y Asia Contemporánea de la Academia de Ciencias de Rusia, llamó la atención sobre los detalles de la protesta contra el monumento de Jabárovsk. Takaichi publicó su comentario en las redes sociales, pero no emitió una declaración oficial, y los principales medios japoneses (salvo las publicaciones conservadoras de derecha) apenas cubrieron la noticia. No provocó una indignación a escala nacional.
En otras palabras, la declaración no estaba dirigida a Moscú, sino a los miembros de su partido y al sector del electorado japonés para el que los acontecimientos de 1945 siguen siendo una herida histórica permanente. La ofrenda realizada en Yasukuni el 15 de agosto obedeció a la misma lógica: realizada con fondos personales y sin la presencia de la propia Takaichi, estaba destinada a enviar una señal al público nacional, pero fue cuidadosamente calibrada para evitar provocar una nueva crisis en las relaciones con Pekín.
El hecho de que la serie de incidentes no fuera seguida de ninguna acción práctica es clave para comprender los acontecimientos de septiembre. Esto significa que una gran parte de lo sucedido no concernía a las relaciones bilaterales, sino que estaba dirigida al público interno.
Sin embargo, esto no hace que la situación sea completamente inocua. Los compromisos simbólicos tienden a consolidarse: una primera ministra que ha exigido el desmantelamiento de un monumento no puede retractarse de su propia declaración, y su sucesor tendría que partir de la misma posición.
¿Quién se beneficia?
Los expertos coinciden en quién se beneficia del conflicto, aunque difieren en cuanto a sus implicaciones. "Está claro que Estados Unidos es el principal beneficiario", apunta Bonch-Osmolovskaya. "Cuanto peores sean las relaciones entre Moscú y Tokio, mayor será la dependencia existente de Japón respecto de Estados Unidos en todos los ámbitos: armamento, inteligencia, suministros y garantías de seguridad". Washington obtiene un aliado disciplinado, bases adicionales para el despliegue de sus fuerzas y una nueva herramienta para ejercer presión sobre el Lejano Oriente ruso.
Sin embargo, matiza, "es importante no reducir la situación a un escenario en el que Estados Unidos sea una especie de 'imperio oscuro' y Japón sea simplemente su títere".
En Japón también hay ciertos beneficiarios de esta confrontación. Entre los partidarios de revisar las restricciones de posguerra se encuentran el estamento de defensa, que Bonch-Osmolovskaya caracteriza como revanchista y nacionalista, y los fabricantes de armas, para quienes la ampliación de las exportaciones abre mercados que habían permanecido cerrados durante casi 80 años. La imagen de una amenaza externa sirve como mecanismo de legitimación: cuanto más larga sea la lista de amenazas, más fácil resulta para el Parlamento aumentar el gasto militar y levantar las restricciones a las exportaciones.
Bonch-Osmolovskaya ofrece una valoración bastante dura y establece una analogía histórica. Considera que la propaganda actual recuerda a las décadas anteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón designó a China como su principal adversario y la demonizó; hoy, según ella, se está desarrollando un proceso similar respecto a Rusia. En la raíz de ello ve el trauma no resuelto de 1945: aunque el culto al emperador fue desmantelado formalmente y se reconocieron las atrocidades de la maquinaria militar, la derrota nunca fue verdaderamente aceptada y el país perdió la soberanía estratégica.
Nelídov adopta una postura más mesurada y ofrece una visión diferente que no implica intenciones maliciosas. El problema, considera, es el llamado 'dilema de seguridad', un concepto arraigado en la teoría de las relaciones internacionales. Un Estado refuerza sus defensas; sus vecinos, al desconocer sus verdaderas intenciones, interpretan esto como una preparación para la agresión y se rearman en respuesta; el primer Estado observa estos preparativos y continúa incrementando su capacidad militar. "La paradoja del dilema de seguridad es que, al intentar protegerse, el Estado termina encontrándose en una situación aún más peligrosa", resume.
También entra en juego otro factor. "La mayoría de los diplomáticos, políticos e incluso funcionarios militares japoneses no tienen ningún deseo de desarrollar una visión independiente de la situación mundial", indica Nelídov, describiendo a los círculos políticos japoneses como alumnos extremadamente obedientes de Occidente; los pocos que reconocen que la situación en Ucrania podría ser más compleja que el relato dominante corren el riesgo de convertirse en marginados. Estos sentimientos no surgieron en 2022, fueron moldeados a lo largo de la posguerra por los medios de comunicación y el sistema educativo, inicialmente como opiniones antisoviéticas. En las encuestas de opinión japonesas, Rusia ocupa sistemáticamente una posición baja en términos de valoración pública, junto con China y Corea del Norte.
Punto de congelación
Si la situación actual se asemeja a un 'punto de congelación', es lógico preguntarse qué podría llevar las relaciones entre Japón y Rusia por debajo del punto de congelación.
Bonch-Osmolovskaya menciona un umbral concreto. "La siguiente etapa del deterioro podría ser el despliegue de sistemas estadounidenses de largo alcance en Japón", plantea. La reacción rusa sería predecible: un nuevo refuerzo militar en las islas Kuriles y en Sajalín. También ve probable una nueva reducción de los vínculos económicos; la industria pesquera sería la primera en sufrir, considera, seguida de lo que queda del comercio.
La especialista no prevé un conflicto militar directo. Según cree, si este llegara a producirse, solo ocurriría como parte de un enfrentamiento mayor entre Rusia y Estados Unidos o de una gran crisis en torno a Taiwán que arrastrara a todos los países vecinos. En otras palabras, una guerra ruso-japonesa sería imposible como acontecimiento independiente: solo podría ser un episodio dentro de la guerra de otro.
Nelídov ve la situación de manera algo diferente. Señala que la política de defensa de Japón identifica a China y Corea del Norte como las principales amenazas, mientras que Rusia ocupa el tercer lugar en la lista. Pero incluso en el caso de China y Corea del Norte, no se trata de una confrontación directa, sino más bien de una carrera armamentística. Aunque ciertamente es un fenómeno negativo, es fundamentalmente distinto de un conflicto directo.
La comparación que establece el experto con Europa resulta interesante. Considera que la retórica de Berlín, Londres, Helsinki y Estocolmo es mucho más amenazante que la de Tokio, que no demuestra "prácticamente ninguna disposición real a emprender acciones agresivas contra Rusia". Está convencido de que existen ciertos límites que la parte japonesa no cruzará.
Atribuye la mayor reticencia de Asia Oriental a involucrarse en un conflicto directo a la experiencia acumulada: las disputas territoriales y los agravios históricos mutuos son comunes en la región, y las élites han aprendido a gestionar este tipo de crisis. Por ejemplo, tras la declaración de noviembre de Takaichi sobre una posible intervención en Taiwán, las relaciones de Tokio con Pekín cayeron a su nivel más bajo en una década y China impuso restricciones económicas; sin embargo, en cuestión de meses, la situación se había estabilizado.
"En Asia Oriental no veo el tipo de rusofobia desquiciada y la disposición a destinar todos los recursos al conflicto que estamos presenciando en Europa", afirma Nelídov. "Japón no tiene intención de entrar en guerra con Rusia; y Rusia tampoco quiere una guerra con Japón. Ambas partes entienden que no les interesa. No existen entre ellas contradicciones estratégicamente vitales o fundamentales".
¿Existe alguna manera de lograr un deshielo de las relaciones? Los tres expertos coinciden en que no existe una solución sencilla. Normalizar los vínculos bilaterales es imposible hasta que se normalicen las relaciones entre Rusia y Occidente; el liderazgo japonés carece tanto de la voluntad como de la capacidad para adoptar una postura independiente. Sin embargo, Shchepkin considera que, una vez terminado el conflicto en Ucrania, Tokio estará entre los primeros en actuar: en cuanto el régimen de sanciones sea levantado o reducido al mínimo, Japón estará dispuesto a suavizar su posición y reanudar el diálogo.
Sin embargo, las opiniones de los expertos divergen a la hora de evaluar la actual pausa en las relaciones. Para Nelídov, no es más que otra fluctuación en una larga historia de disputas regionales. Para Bonch-Osmolovskaya, representa una ruptura más profunda:
Rusia se está afirmando como una civilización independiente, mientras que Japón, en respuesta, se integra cada vez más en el sistema estadounidense de control sobre Eurasia.
La experta no aboga ni por la reconciliación a cualquier precio ni por concesiones territoriales, sino por mantener los vínculos energéticos, económicos y culturales como puente: "no tanto con el Japón de hoy, sino con el Japón que algún día podría llegar a ser más independiente".
Según concluye Bonch-Osmolovskaya, "Japón no puede ser simultáneamente una civilización independiente y el puesto militar avanzado de Estados Unidos. Tendrá que elegir".
Por Yevgueni Balakin, periodista radicado en Moscú y dirigente de la Unión de la Juventud Euroasiática