Monterrey será una de las sedes del Mundial 2026. Pero antes de que llegue la Copa, aquí se jugó otra historia, más urgente, más íntima. A finales de marzo, tres selecciones buscaban el último lugar disponible: Bolivia, Surinam e Irak. El fútbol puso en juego algo que no se puede medir: la esperanza de los hinchas.
Cristián y Nicolás son hermanos bolivianos radicados en México desde hace años. El mayor vivió la última gran alegría de su país: la clasificación al Mundial de 1994 y aquel histórico Bolivia 2 - Brasil 0. "Ver a figuras como el Diablo Etcheverry, ganarle a Brasil... Tuve la oportunidad de ver a la selección clasificar", recuerda emocionado.
Para Nicolás, nacido en 1998, esas historias son casi mitología. "Solo lo creía porque podía verlo en YouTube. Nunca viví una clasificación. Fueron años de ilusión, de esperar buenos partidos, pero no lo suficiente", confiesa.
Padre e hijo: viajar para no perder la oportunidad
Omar emprendió un largo viaje desde La Paz hasta Monterrey. En Guadalajara lo esperaba su hijo Juanma, que estudia allí. "Cuando supe que el repechaje era en México, lo decidí al instante. Si clasificamos, voy", cuenta Omar.
Juanma recuerda su infancia: "Con mi papá íbamos a los partidos de la selección en La Paz desde los 12 años. Me recogía del colegio, comíamos en el camino y nos sentábamos en la curva sur del Hernando Siles".
Omar encuentra señales en los detalles: "Estuve cuando Bolivia le ganó a Brasil en 1993. Hoy venimos al repechaje después de haberle ganado a Brasil otra vez. Es una coincidencia que ojalá tenga efectos. Además, cuando yo fui a esa eliminatoria, tenía la misma edad que tiene Juanma ahora".
El banderazo
La noche previa al partido contra Surinam, los bolivianos llegaron en masa a apoyar a su selección. Incluso un mexicano conocido como Caramelo se sumó: "Hice una promesa en Santa Cruz: recibiría a Bolivia aquí. ¡Vamos Bolivia! ¡Vamos México! ¡Que viva el fútbol!". La marea humana desbordó a la Policía y tuvieron que cortar la calle para que pasara el autobús del equipo.
En la cancha, Bolivia venció 2-1 a Surinam y mantuvo vivo el sueño, celebrado también a distancia en La Paz y Buenos Aires. La final ante Irak se vivió con clima de Mundial, pero el desenlace fue duro: Irak ganó 2-1 y se quedó con el boleto. Quedó el dolor y una frase que resume todo: "La ilusión nunca se va". Porque el fútbol promete y exige, muchas veces incluso entrega menos de lo esperado, pero aun así —como muestra Monterrey— siempre invita a volver a intentarlo.