Caballeresa del Sol o Libertadora del Libertador son algunos de los títulos que recibió Manuela Sáenz, compañera de Simón Bolívar durante los últimos ocho años de su vida y una de las grandes figuras de la independencia ecuatoriana.
Política y militar nacida en Quito en 1797, ha sido reivindicada como una de las principales precursoras del feminismo latinoamericano y se le atribuye la concepción de la idea de la Patria Grande, concepto que abogaba por la unidad política y cultural de América Latina.
Tomó parte activa en la guerra de liberación contra el Imperio español y, sin embargo, aunque su épica relación sentimental e intelectual con Bolívar sirvió durante muchos años para que se la reconociera por su contribución a la independencia de Ecuador, Colombia y Perú, también se utilizó para denigrarla y convertirla en una figura meramente decorativa.

Hija natural de Simón Sáenz y Vergara, español miembro del Concejo de la ciudad de Quito y capitán de la milicia del rey, y de Joaquina Aispuru, criolla quiteña, se crió en un convento hasta los 18 años. Durante ese periodo, además de las labores típicas de las señoritas de la alta sociedad de la época, también aprendió a montar a caballo y otras habilidades que después utilizaría en las campañas militares.
En 1817 contrae un matrimonio arreglado por su padre con un acaudalado médico inglés mucho mayor que ella.
El 23 de enero de 1822 fue condecorada con la Orden del Sol por haber convencido a su hermano y a los demás oficiales de un regimiento del Ejército realista para que se unieran a los patriotas.
Llega el encuentro con Simón Bolívar
Ese mismo año, en el baile de gala con el que se celebró la liberación de Quito, conoció a Simón Bolívar. Desde ese día Manuela Sáenz abandonó a su marido y siguió al Libertador, se convirtió en su compañera sentimental e intelectual, resguardó sus archivos, compartió intereses políticos y llegó a salvarle la vida.
Su educación le brindó la posibilidad de moverse entre la alta sociedad limeña y entre comerciantes y patriotas, tomando el pulso a la actualidad. Se incorporó de forma oficial al Estado Mayor de Bolívar y se le otorgó el grado de coronela.
Frustró dos conspiraciones para acabar con la vida de Bolívar, lo que le valió el título de Libertadora del Libertador.

Tras la muerte de Bolívar, en 1830, el descontento hacia su figura se desbordó y fue desterrada de Colombia, ante el temor del Gobierno de que Sáenz encabezara la oposición. Tras pasar por Jamaica intentó establecerse en Guayaquil, pero el Gobierno de Ecuador revocó su pasaporte, por lo que finalmente acabó instalándose en el puerto de Paita, en el norte de Perú.
Allí la pobreza la acompañó durante sus últimos años, en los que sobrevivió gracias a las habilidades que había adquirido durante sus años en el convento, traduciendo cartas al inglés y haciendo bordados y dulces.
Falleció en 1856, a punto de cumplir los 59 años, durante una epidemia de difteria. Fue enterrada en una fosa común del cementerio local y parte de sus cartas de amor con Bolívar fueron quemadas junto con el resto de sus pertenencias con el objetivo de evitar la extensión de la epidemia.
Una de las grandes defensoras de la independencia
A pesar de ser uno de los personajes más interesantes de las guerras por la independencia en Sudamérica, su figura por un lado cayó en el olvido, omitida en muchas de las crónicas sobre esa etapa histórica, y por otro fue reducida al rol de amante de Bolívar, opacándose sus méritos propios.
Fue una de las grandes defensoras de la independencia de los países sudamericanos, así como una avanzada en la defensa de los derechos de las mujeres, lo que le valió multitud de críticas de muchos de sus contemporáneos.
Su papel como líder en la gesta libertadora en Colombia, Ecuador y Perú comenzó a ser reivindicado a mediados del siglo XX, a la vez que emergía como pieza indispensable del feminismo latinoamericano.
En las últimas décadas ha recibido homenajes en Argentina, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, donde calles llevan su nombre y bustos suyos han sido erigidos en lugares destacados.
Su vida pública y privada ha inspirado multitud de obras literarias, ha sido llevada al cine y ha servido de hilo conductor de series de televisión y montajes teatrales.
"En vida adoré a Bolívar, ahora le venero", es la célebre frase que todavía se recuerda que dijo tras la muerte de Bolívar y ante la incertidumbre de su futuro.
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