Las amenazas no son nuevas, pero cada intento imperialista de agredir a Venezuela ha servido —paradójicamente— para poner en evidencia la solidez de un modelo político construido desde las entrañas del pueblo.
En las últimas semanas, EE.UU. ha renovado su ofensiva contra el país, esta vez envuelta en el burdo ropaje discursivo de una supuesta cruzada "antidrogas", apoyada en la narrativa del inexistente 'Cartel de los Soles'. Una acusación sin sustento jurídico ni pruebas verificables, pero funcional como excusa para justificar acciones de presión, bloqueo e incluso la amenaza de una posible intervención militar.
Lo que quizá no esperaban en Washington era que su estrategia generara exactamente el efecto contrario. Lejos de fracturar el país, ha activado sus defensas más profundas: la conciencia, la organización y el modelo de defensa integral bolivariano.
La jornada de alistamiento masivo en la Milicia Bolivariana (de la que hablaremos posteriormente), la movilización cívica y el mensaje de unidad nacional reflejan algo: Venezuela no solo resiste, sino que responde con el despliegue estructural de un modelo que conjuga pueblo, Estado y Fuerza Armada en un solo cuerpo histórico y político.
Venezuela no solo resiste, sino que responde con el despliegue estructural de un modelo que conjuga pueblo, Estado y Fuerza Armada en un solo cuerpo histórico y político.
En esa dirección, la Milicia Bolivariana representa una de las expresiones más contundentes del proceso de transformación nacional impulsado por el chavismo. No es un apéndice ni una fuerza auxiliar: es el quinto componente de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), formalmente reconocido por la Constitución y por la Ley Orgánica de la Fuerza Armada. Su misión es organizar, instruir y movilizar al pueblo para la defensa integral de la nación, bajo el principio estratégico de la corresponsabilidad Estado-sociedad.
No se trata, por tanto, de una estructura improvisada o coyuntural. Instituida en 2009 por Hugo Chávez y fortalecida desde entonces, la Milicia está integrada por hombres y mujeres civiles que, sin abandonar sus roles productivos y sociales, asumen el compromiso consciente de proteger la soberanía, la paz y la estabilidad del país.
Su despliegue territorial, su vínculo con las comunas, con el trabajo obrero y campesino, así como su lealtad ideológica al proyecto bolivariano, la convierten en una herramienta clave de defensa popular. Y confirma, una vez más, que en Venezuela la paz, como el desarrollo económico y político, no se delegan, sino que se construyen colectivamente y desde el pueblo.
Así lo evidenció también, como ya hemos adelantado, la reciente jornada de alistamiento masivo en la Milicia Bolivariana, una demostración de la activación orgánica de una estructura profundamente enraizada en el territorio y en la conciencia colectiva. Desde los barrios de Caracas hasta los llanos de Barinas, miles de hombres y mujeres se incorporaron voluntariamente a la defensa nacional. No por miedo ni por obligación, sino por convicción.
Este acto de alistamiento contrasta con las levas forzadas que ocurren en países subordinados a la lógica bélica de la OTAN, como Ucrania. Aquí no se instrumentaliza a la población: se la convoca. No se le impone una guerra: se le entrega una responsabilidad histórica para con la paz. En Venezuela, el pueblo, la población civil y los trabajadores no solo participan en la economía o en la política; también asumen con naturalidad su papel en la defensa. Porque el fusil en manos del pueblo no es símbolo de violencia, sino de democracia, como decía Lenin.
En Venezuela, el pueblo, la población civil y los trabajadores no solo participan en la economía o en la política; también asumen con naturalidad su papel en la defensa. Porque el fusil en manos del pueblo no es símbolo de violencia, sino de democracia, como decía Lenin.
Aunque los grandes medios internacionales han insistido en presentar a Venezuela como un país al borde del colapso o al filo de un estallido, la vida cotidiana ofrece otra imagen: trabajo, estudio, recreación, comunas activas, mercados populares y niños jugando en plazas recuperadas. Esta normalidad no es indiferencia ni negación del conflicto: es el resultado de una política planificada, de una arquitectura estatal que, a la vez que ha hecho de la defensa integral una tarea sostenida, le ha dado al pueblo venezolano una oportunidad y unos derechos que nunca había tenido y que ahora desea defender.
Hay que destacar también la reciente activación de la Zona de Paz N.º 1 en Táchira y Zulia —territorios históricamente expuestos al narcotráfico y la infiltración paramilitar de Colombia—, que demuestra cómo el modelo bolivariano no actúa de forma reactiva, sino con visión territorial y preventiva (pues ha aprendido de la experiencia de todo el siglo XX, plagado de golpes de Estado estadounidenses contra proyectos populares y revolucionarios).

La calma del pueblo nace de la confianza en su modelo. El despliegue coordinado de la Milicia, junto a la Fuerza Armada y cuerpos civiles de seguridad, no solo protege las fronteras, sino que refuerza el tejido social desde abajo. Reflejo de la unidad cívico-militar, un principio básico de la construcción revolucionaria del proceso bolivariano.
Otro elemento fundamental dentro de esta arquitectura de defensa es el progresivo entendimiento con el gobierno de Colombia, que ha contribuido a reforzar la estabilidad regional. A diferencia de épocas recientes marcadas por la hostilidad abierta —como la promovida por Iván Duque o el Grupo de Lima, que actuaban como peones directos de la política exterior estadounidense—, hoy la relación entre Caracas y Bogotá se inscribe en una nueva etapa de diálogo y cooperación. Esta alianza entre pueblos históricamente unidos por procesos de lucha y resistencia, constituye un muro de contención frente al caos que algunos actores externos pretenden aún sembrar en la región.
Pero ese entendimiento no ha surgido del vacío: es posible porque sectores del pueblo colombiano han comenzado a sacudirse el yugo de la dominación. La paz con justicia social que el actual gobierno colombiano persigue no es ajena a lo que Venezuela defiende.
Cuando un país como Venezuela logra resistir con dignidad, modifica la correlación de fuerzas e impulsa a sus vecinos a imaginar otro camino posible: una integración latinoamericana que Gustavo Petro, asediado a nivel interno por las mismas fuerzas que llevan años tratando de asfixiar a Venezuela, va a necesitar.
La fortaleza de Venezuela no se mide en tanques ni en presupuestos militares, sino en algo mucho más temido por el imperialismo: un pueblo consciente, organizado y dispuesto a defender lo que ha construido. Precisamente fue esto lo que los derrotó en Vietnam.
Desde las bases comunales, desde los milicianos territoriales hasta los soldados en la frontera, el modelo bolivariano ha demostrado que, como dijera Antonio Machado, solo el pueblo llano defiende a la patria, mientras los oligarcas negocian sus privilegios y la acaban vendiendo.
El imperialismo estadounidense debe cuidarse mucho del poder popular bolivariano porque, si se le ocurre agredirlo, acabará por toparse con un nuevo Vietnam.